Ante su derrota irreversible, la noche de este domingo 13, Luisa María Calderón se abandonó al llanto y a la frustración. Es lógico: Michoacán era para ella y para su clan la apuesta para un futuro que ahora se anticipa aciago.
Al derrumbe moral de los Calderón, de ya larga data, se suma el político y el electoral en su propio estado, que lo tenían como suyo.
Ya lucen, de manera indeleble, el sello del fracaso.
En su infinita prepotencia, la autodenominada Cocoa y su hermano que se ostenta como jefe del Ejecutivo en nada escatimaron para un triunfo a como diera lugar.
Desde que Luisa María regresó de Europa a Michoacán, en 2008, Felipe puso a su servicio no sólo el PAN local, cuyos dirigentes son sus empleados, sino toda la estructura del gobierno federal, primero para imponerla como candidata y luego para hacerla gobernadora.

